.1 Una mirada desde lo Individual En la infancia recorría las calles polvorientas de mi pueblo, buscando con quien jugar, el correr con un aro de llanta quizá se convertía en la competencia a ganar, ser el más fuerte y el veloz, pero no podía con mis hermanos descuidar las labores propias del trabajo en el campo, mi Padre un campesino que al sol y al agua en terrenos propios o en ajenos trabaja la tierra con la esperanza que más tarde rinda frutos y poder mantener a su familia, entre el campo y el pueblo discurre mi niñez, el café, la caña de azúcar y los tejidos en paja toquilla de mi Madre como artesanías y medio de sobrevivir son importantes, el barrio, los amigos, la calle, el juego y mis travesuras son la vida, inocencia y libertad. Al cumplir los cinco años de edad y junto a mi hermano mayor para que me cuide, mi Madre nos acompaña al primer día de escuela, el temor, los nervios y el llanto se apoderan de mi, nunca había estado encerrado ni menos obligado a realizar cosas, como formar en filas, estarse quieto en la silla, defenderse de los más grandes someterme a los castigos por no presentar tareas, el llanto cada día se apoderaba de mi como única forma de rechazo a la escuela. El carácter obligatorio a la asistencia manifestado por la profesora y recordado por mi familia en casa acentuaba el disgusto de ir a un lugar donde le exigían a realizar cosas que como niño no le encontraba rumbo.


La imagen de la escuela como tortura y encierro “un atar de manos” es el recuerdo de
una niñez juguetona y llena de travesuras porque eso sí me gustaba, desbaratar,
desarmar, dañar, armar, quebrar, pegar, saber por qué y cómo funcionaban los carros